dijous, 5 d’octubre de 2017

¿Los romanos despreciaban a los druidas?



Es posible detectar un claro cambio de tono en las actitudes hacia los druidas entre los textos del s. I a.C.  y los del s. I d.C. Estos últimos cronistas son mucho más negativos, combinando la hostilidad y el desprecio.  César, Diodoro y Estrabón reflejan interés en las prácticas y enseñanzas druídicas, aunque con cierto matiz de desaprobación hacia lo que creían un comportamiento chocante, especialmente en lo que se refería al sacrificio humano. Pero Plinio, Suetonio, Tácito y Lucano hablan de los druidas con repugnancia, refiriéndose a ellos como personas toscas y salvajes. En su Vida de Claudio, Suetonio alude a la “religión bárbara e inhumana de los druidas”. Lucano hace una referencia a su “religión malévola”. Plinio insinúa de forma misteriosa actos tan atroces como el canibalismo ritual.


El cambio de tono presente en las crónicas del siglo I d.C. refleja
tanto un declive interno del prestigio de los druidas como la actitud de los romanos hacia la Galia, ahora una provincia recién conquistada. Ya no se percibía a los druidas como una curiosidad que despertara interés, sino como una amenaza para el mundo civilizado, del qua la Galia se había convertido en parte y ahora había que proteger. Pero se podría mantener que, incluso a mediados del s. I a.C., la influencia de los druidas ya estaba menguando: la sociedad gala (y quizás también la británica) estaba en proceso de cambio y se acercaba al sistema romano; algunos regímenes de gobierno estaban pasando a ser magistraturas, en vez de (su tradicional sistema) de estructuras monárquicas.


TEXTO EXTRAIDO DE:
MIRANDA J. GREEN; El mundo de los celtas. Akal grandes temas, 2010. pág. 52.)


divendres, 8 de setembre de 2017

Las horas y los días: entre la mitología y el cómputo del tiempo.


Es fácil comprender que el paso del tiempo sea diferente para los dioses que para los mortales, eso no significa que no fuese motivo de preocupación para los teóricos del origen y del funcionamiento del universo durante la antigüedad. En las siguientes líneas nos ocuparemos de cómo entendían el tiempo los antiguos griegos y romanos, a la par que entenderemos un poquito mejor la figura mitológica de las Horas.

Para empezar, hablemos de otras figuras míticas relacionadas con el paso del tiempo, como Aeternitas, que, representada con una figura femenina, era entendida desde el sentido político como el deseo imperial romano de perpetuación de su sistema político. Aparece en monedas con túnica y manto sosteniendo la esfera del cosmos y en ocasiones un velo estrellado, cabezas del sol y la luna, una antorcha, una cornucopia o acompañada de un ave fénix. Sin embargo, esta no fue la primera divinidad de este tipo (básicamente concepto divinizado) en aparecer.

Siglo o Saeculum era representado como varón con corona solar, y simbolizaba un “periodo largo de tiempo de duración indeterminada”, una generación, quizás, que si es positiva será frugiter o aureum. Año o Annus, sin una representación concreta, puede aparecer como un joven coronado con frutos o portando una cornucopia.

Estos dos últimos aparecieron tardíamente durante el periodo romano. Desde nuestra perspectiva puede resultar extraño, ya que a nuestra cultura le obsesiona el cálculo exacto del paso del tiempo.
Los meses (menses en latín) aparecen en un vaso ático del 375 a.C. representados como jóvenes que cargan con atributos propios de las fiestas características de cada mes. Después, en época romana, los atributos se multiplicaron con frutos, vientos dominantes, fiestas y dioses protectores. Desde el s II d.C. se empiezan a imponer las temáticas agrícolas, que dominarán durante el medievo.

Hablemos ya de las Horas. Hesíodo, en “Los trabajos y los días”, nos cuenta que eran tres hermanas hijas de Zeus y Temis, que significa ‘Ley de la Naturaleza’. Desde los estudios actuales podemos definirla como un principio natural. Anotemos que Temis era uno de los hijos de Gea y Urano, así pues, una Titán, y que pocos de ellos fueron venerados en santuarios específicos en la época clásica. Temis era considerada tan antigua que algunos aseguraban que también era la madre de las Parcas. Sorprendentemente, el mismo mito y texto de la creación nos habla del nacimiento de Hémera (el Día) y Éter (la esfera más alta del cielo; la claridad del mundo superior) de la unión de Nyx (la Noche) y Érebo (tinieblas del Tártaro). En verdad no se contradice, sino que demuestra que la monumentalidad del poema de Hesíodo se mantuvo durante toda la antigüedad de un modo más sencillo, más simple en una religión naturista primitiva, en la cual muchas figuras y personajes se difuminarán o incluso se fusionarán con entidades más importantes o dominantes.

Dichas hermanas eran:

Eunomía; Buena Forma o Disciplina.
Dike; Justicia.
Irene; Paz.

Claramente se aprecia la vinculación con su madre y la preservación del transcurso del ciclo natural. A las tres hermanas gustaban de vivir en la naturaleza donde Pan, dios de los bosques y rebaños, gozaba de su compañía.

De hecho, horai significaba en griego “en su ocasión, o tiempo oportuno”, estaban muy vinculadas a las Gracias y a menudo eran representadas todas juntas alrededor de Venus, acudiendo a bodas míticas o presentando dones extraordinarios a personajes recién nacidos muy importantes. Por eso, cuando aparecen las horas en el mundo griego lo hacen siempre en grupo, como las Moiras o las Musas, pero insistimos: a menudo son confundidas con las Gracias.

Con el tiempo se intentó darles un sentido más preciso, pero sin huir de su primera razón de existir, pues seguían estando vinculadas al ciclo natural. En Atenas encontramos a Thalló (brote) Auxó (crecimiento) y Karpó (fruto) y con ello trascendieron al calendario agrícola en el s. IV a.C., cuando empezaron a ser representadas en el séquito de Proserpina y Cibeles. En el Olimpo, las Horas vigilan las puertas de la mansión divina y son servidoras de Hera, a quien criaron. Vinculadas ya con los ciclos anuales de la naturaleza, solo estaban a un paso de ser relacionadas con el disco solar y el paso del tiempo; pronto las podemos ver madurando las uvas o preparando el carro de solar. En el s III a.C. Ovidio tiene clara la que será su iconografía helenístico-romana definitiva:



Las Horas que vemos representadas en el arte no estuvieron nunca relacionadas con el cómputo exacto del paso del tiempo, pues siempre fueron figuras alegóricas, representadas como muchachas graciosas portando algún elemento vegetal, eran seres abstractos sin personalidad ni historia.

Hora (ὥρα), en la significación de la hora, es decir, la 12ª parte del día natural, no entró en uso general entre los antiguos hasta cerca de la mitad del siglo II a.C. Las horas equinocciales, aunque conocidas por los astrónomos, no fueron utilizadas en los asuntos de la vida común hasta finales del siglo IV de la era cristiana. La división del día fue marcada muy groseramente por la posición del sol (Varro, L. L. 6.89).

Como la división del día en doce partes iguales, tanto en verano como en invierno, hace que la duración de las horas sea más larga o más corta de acuerdo con las diferentes estaciones del año, no es fácil, con precisión, comparar o reducir las horas de los antiguos a nuestras horas equinocciales. Las horas de un día antiguo solo coincidirían con las horas de nuestro día en los dos equinoccios. Como la duración del día natural, además, depende de la altitud polar de un lugar, nuestros días naturales no coincidirían con los días naturales en Italia o Grecia. Ideler, en su Handbuch der Chronologie, ha dado la siguiente duración aproximada de los días naturales en Roma, en el año 45 a.C., que fue la primera después de la nueva regulación del calendario por J. César; la longitud de los días sólo está marcada en los ocho puntos principales en el curso aparente del sol.





También de Plauto (Pseud., 1307) vemos que una hora en invierno era más corta que una en verano.
Sin embargo, para entender las Horas debemos hablar también de los días, y estos podían ser entendidos de dos maneras distintas; como Dies Civiles o Dies Naturalis.

Nosotros definiríamos al antiguo Día civil como día astronómico, o sea, lo que tardaba el sol en dar la vuelta a la tierra según los antiguos. El día civil, así pues, contaba las horas de sol y las de noche. Para los atenienses se iniciaba con la puesta del sol, y con los romanos (como con los egipcios e Hiparco) a media noche; con los babilonios al alzarse del sol, y con los umbrianos a mediodía (Macrob, l.c, Gellius, 3.2.)

El día natural (Dies naturalis), en cambio, era el tiempo desde el ascenso hasta la puesta del sol, tuvo diferentes subdivisiones antes de emplear el término horas, y dichas subdivisiones cambiaron con las épocas y no fueron siempre las mismas entre los griegos y los romanos. Trataremos de dar un breve relato de las diversas partes en que fue dividido por los griegos en los diferentes períodos de su historia, luego procederemos a considerar sus divisiones entre los romanos.

En tiempos de Homero, el día solo se dividía en tres partes:

1) Mañana o inicio del día y de la luz.
2) Mediodía, cuando creían que el sol se quedaba inmóvil en el cielo.
3) Tarde o declinar del sol hasta la noche.

La primera y última de las divisiones hechas en la época de Homero se subdividieron después en dos partes. La mañana se dividió en dos, siendo su mitad lo que para nosotros sería de las 9 o 10 horas hasta el mediodía. No conocemos exactamente las dos partes de la tarde. Esta división se siguió observando hasta el último período de la historia griega, aunque otra división más exacta, y más adaptada a los propósitos de la vida común, fue introducida en un período temprano -quizás por Anaximandro. Se dice que los griegos, familiarizados ya con el uso del cronómetro de Babilonia o reloj de sol, dividieron el día natural en doce espacios iguales de tiempo. El nombre horas (ὧραι), como ya hemos comentado, no entró en uso general hasta un período muy tardío, y la diferencia entre las horas naturales y equinocciales fue observada por primera vez por los astrónomos alejandrinos.

Durante los primeros tiempos de la historia de Roma, cuando los medios artificiales de división del tiempo eran aún desconocidos, los fenómenos naturales de aumento de la luz y la oscuridad formaron en el caso de los romanos, como en el caso de los griegos, el nivel de división, como vemos en las expresiones vagas en Censorinus (de Die Nat. 24). Plinio declara (HN 7,12) que en las Doce Tablas solo se mencionaban la elevación y el establecimiento del sol como las dos partes en las que se dividía el día, pero de Censorinus y Gellius (17,2) mediodía (meridies) también fue mencionado. Varro (L. L. 6.4, 5) e Isidoro (Orig. 5.30 y 31) también distinguían tres partes del día, a saber: manes, meridies y suprema. La Lex Plaetoria prescribía que un heraldo proclamara la suprema (hora novena) en el comitium, para que la gente pudiera saber que su reunión iba a ser suspendida (Varr. L. L. 6.5) y también se ordenó que un oficial consular desde la Curia proclamara la hora del mediodía (hora sexta), cuando el sol se situaba entre la Rostra y la Graecostasis.

La división del día en doce espacios iguales, que aquí, como en Grecia, eran más cortos en invierno que en verano, fue adoptada en el momento en el cual se introdujeron medios artificiales para medir el tiempo.

El año 293 a.C., L. Cursor Papirius, antes de la guerra con Pirro, trajo a Roma un instrumento llamado solarium horologium, o simplemente solarium (Plaut., P. Gellium, 3.3.5, Plin, Nat. 7.212).
En 263 a.C., M. Valerius Messala trajo uno que había tomado en la captura de Catina; y aunque este era incorrecto, habiendo sido construido para un lugar 4 grados más al sur que Roma, estuvo en uso durante 99 años, antes de que el error fuera descubierto.

En 164 a.C., el censor P. Marcius Philippus tenía el reloj solar más exacto construido; pero era inútil en los días nublados (Plin lc.). Por eso, Scipio Nasica erigió en 154 a.C. una clepsidra pública, que indicaba las horas de la noche, así como del día (Censorín, 100.23).

En la vida cotidiana se utilizaban numerosos términos para designar las diferentes partes del día, sobre todo de carácter general y algo vago (Cf. Varr. LL 6.4-7, Servius en Aen. 2.268, 3.587, Isidor, 5.31, 32.)

En la Grecia del s IV a.C. y hasta el mundo romano, la sombra del reloj de sol se medía en pies, que probablemente estaban marcados en el lugar donde caía la sombra. El gnomon es mencionado casi sin excepción en relación con el baño, hacia la puesta del sol, momento en que la sombra del gnomon medía 10 o 12 pies. Los personajes de Aristófanes en “La asamblea de mujeres” (392 a.C.) reconocen precisamente las horas por la longitud de la sombra del gnomon.


PRAXÁGORAS: Los esclavos, tú no tendrás otro quehacer que acudir limpio y perfumado al banquete cuando sea de diez pies la sombra del cuadrante solar (650).




dijous, 27 de juliol de 2017

Com tenir guia propi a Roma?

Preparant el viatge a Roma vaig trobar aquesta meravella, antigament recomanada per amics.

Passejar amb Guia de Roma serà com portar un guia al costat, tant si el que vols és conèixer tots els racons de la Roma clàssica, com molts dels detalls de la història de l'art de la ciutat eterna.

-DVD amb 92 pistes de mp3 (22 hores d'explicacions)

-Guia en paper amb mapes, seccions, plantes d'edificis, reconstruccions...

En definitiva, estic ben segur que podré gaudir el doble del que em pensava de la meva petita estada a la capital de l'Imperi.




dimecres, 12 d’abril de 2017

Els noms propis dels altres romans (fora del tria nomina)


Com ja apuntàvem el mes passat, l’interès de l’article d’aquest mes d'abril roman en com era el nom propi d’aproximadament el 80% de les persones que vivien als territoris romanitzats, aquella gent que no podia gaudir del tria nomina de les elits i de les classes benestants. Malgrat tot, sí que es basava en aquesta estructura. Avui parlarem de lliberts, peregrins, esclaus... i del seu nom propi.

És fàcil apreciar com la composició del nom propi tenia una funció d’ordre social que donava molta informació sobre l’individu en particular, però també de la comunitat a la qual pertanyia. Sens dubte, el nom propi era un condicionant important que assenyalava l’estatus de vida, però no representava una limitació social absoluta. El canvi de classe social era possible, no era mai fàcil, i sempre deixava petja en el nom propi. La realitat diària de cada individu quedava definida pel seu nom, vegem doncs com eren.

Noms d’esclaus

ancillus o ancilla son altres termes
per designar als esclaus.
Com objectes o propietats que eren, necessitaven un nom imposat al gust del seu amo, que no era hereditari. En els temps més antics eren anomenats puer o puella “noi/ noia”, a finals de la República s’havien corromput en -por afegit al praenomen en genitiu del seu amo:

Marcipor (Marci puer) “l’esclau de Marcus”; Olipor (Auli puer) “l’esclau d’Aulus”.

De fet, molts cops tampoc apareix ni a les inscripcions, on només trobem el nom de l’esclau i el del seu amo en genitiu.

Quan el nombre d’esclaus va créixer a les propietats romanes, aquest sistema va deixar de ser útil, i els esclaus començaren a rebre noms que assenyalaven el seu origen en to de burla o altisonant, en aquest moment el mot puer/ -por s’abandonà pel terme servus. Així, el nom de l’esclau es forma amb el nom individual seguit del nomen i del praenomen (l’ordre és important) de l’amo i la paraula servus.

Pharnaces Egnatii Publii servus, (“Farnaces, l’esclau de Publius Egnatii”).

Finalment s’imposaren els noms propis, amb forma d’adjectiu, relacionat amb algun tret propi de l’individu que el definís, ja fos físic, intel·lectual, d’habilitat, de procedència...

Quan l’esclau canviava de propietari prenia el nomen del nou senyor i afegia el cognomen de l’anterior amb el sufix –anus.

Anna Liviae serva Maecenatiana, (”Anna, l’esclava de Livia, abans de Mecenes”).

En epigrafia, el mot verna ens fa saber que havia nascut a casa del seu propietari.



Noms dels lliberts

"A Mart [per] Flavius Ariston, llibert dels Igeditans"
Amb la llibertat els esclaus rebien el praenomen que l’antic propietari li assignés, acompanyat del nomen d’aquest, en epigrafia trobaríem la L de llibert i en última posició conservaven el nom d’esclau com si fos un cognomen. Els esclaus predilectes rebien el mateix praenomen del pater familias que els alliberava recordem que rebien la llibertat però seguien vivint en dependència del seu antic propietari.

La llei de les XII Taules diu que, si un ciutadà d’una gens allibera un esclau i aquest esdevé pater familias, els seus membres quedaran vinculats a la gens de l’alliberador, prenent el nom de la gens i els déus d’aquesta.

Però, de fet, el propietari podia fer el canvi de nom com volia, Marcus Tullius Cicero va manumetre a Tiro segons la regla explicada (Marcus Tullius Tirus), en canvi, quan alliberà a Dionisos li va donar el nomen del seu millor amic (Tito Pomponio Atico) i des d’aleshores s’anomenà Marcus Pomponius Dionisius. Les generacions posteriors van fer tot el possible per fer desaparèixer el rastre de l’antic nom esclau.

En epigrafia, els esclaus de la ciutat rebien el nom de Publicus o un nom derivat de la nomenclatura de la ciutat. Si era treballador d’una corporació, l’activitat que havia desenvolupat servia per crear un gentilici.

P(ublius) Publicius coloni(a)e l(ibertus) Fortis.

Els lliberts de l’emperador responien a la fórmula:

Aug(usti) o Caes(aris) n(ostri) l(iberuts) o l(iberta).

Però molts lliberts no revelaven la seva condició jurídica en les inscripcions. No obstant això, l’absència de filiació, de tribu, i l’origen estranger del cognomen, o gaudir del nomen i praenomen imperial eren alguns senyals indirectes de pertànyer a aquesta classe.

Molts dels falsos cognomina (la majoria d’origen grec) així com alguns sobrenoms (Faustus, Felix, Donatus) de lliberts tenen relació o significat religiós.
El llibert d’una dona prenia sempre el nom del pare d’aquesta.

Noms plebeus

No era habitual que tinguessin cognomen. Les famílies plebees dels Marius no en tenien, en canvi les famílies plebees dels Tuli sí. El cognomen va esdevenir sinònim de vella família i, per tant, amb un cobdiciós objectiu que fos trasmès als fills per fer prosperar la família. Alguns cognomina van arribar a famílies plebees com el ad nomen a les classes patrícies, com a sobrenom meritori. Aquest és el cas de Gnaeus Pompeius Magnus: aquest sobrenom, Magnus, fou concedit pel propi poble de Roma.

Noms de nous ciutadans

Aconseguir la ciutadania era deixar de ser bàrbar o estranger, i l’ocasió necessitava l’aparició d’un nom nou segons les normes del noms dels lliberts. El seu nom formal es recollia amb l’aparença del tria nomina tradicional, però era nou i escollit: el praenomen era triat al gust, el nomen corresponia al del ciutadà romà al qual li devia aquell honor, el cognomen corresponia al seu nom estranger anterior. Formalment, es creava de la mateixa manera que el nom d’un llibert.

Gaius Valerius Caburo, d’origen gal, devia al nomen a Gaius Valerius Flaccus, governador de la Gàl·lia quan va rebre la ciutadania, era habitual prendre el nom de governadors i generals.

Sobrenom o signum

Generalment els trobem en epigrafia de gent modesta però també en famílies dirigents. El signum venia precedit per les formes qui et, signo o qui et vocatur. A partir del s. III el podem trobar en esqueles de famílies aristocràtiques en genitiu o en datiu, és quan l’estructura antiga del tria nomina comença a perdre tot el seu sentit tradicional.

Peregrins

L’home lliure que no era ciutadà romà només tenia un nom, de vegades llatinitzat amb el nom del seu pare en genitiu. A simple vista seria igual que el nom d’un esclau, així es reflectia el poc respecte que manifestava la cultura i societat dominat vers aquell que es mantenia, gairebé, fora del sistema.

 En inscripcions trobem que adopten erròniament nomina romans com a cognomina, abús que fou denunciat per l’emperador Claudi quan aquesta pràctica va arribar a ser habitual. Quan un peregrí esdevenia ciutadà de ple dret prenia praenomen i cognomen del seu benefactor.